viernes, 15 de mayo de 2020

¿Será suficiente con guardar silencio y murmurar una oración?

Los muertos han recordado nuestra indiferencia.
Los muertos han recordado nuestro silencio.
-Tadeusz Rosewicz-
Es muy dificultoso precisar lo que es una buena muerte, especialmente porque esta definición depende de la compleja interacción entre las necesidades de la persona que está muriendo y las necesidades de sus seres queridos, además de las prohibiciones del sistema sanitario o atención médica.
Por otro lado, en contextos como la que estamos viviendo es muy embarazoso reflexionar sobre cuestiones como una buena muerte o una muerte digna y sin dolor. Ahora no hay sitio a nivel mental, personal y social que nos admitan detenernos en estas cuestiones; eso tocará hacerlo después. Ahora toca luchar con la pérdida a nivel individual y social, y como está ocurriendo: en soledad; en la distancia; en el confinamiento.
Ahora toca luchar con el vacío, la tristeza, la depresión y la confusión que genera la pérdida irrecuperable de un ser querido.
Son muchas las vidas que se han perdido y desgraciadamente esto aún no concluye, pero como individuos y como sociedad nos corresponde enfrentar el dolor por los que se han ido como forma básica de la experiencia humana. Para esto podemos hacer uso de la conversación y la socialización con las personas que tenemos cerca; en nuestra cotidianidad, en nuestro confinamiento desde una mirada humana, humilde, serena y compasiva, de manera que le vayamos hallando un sentido a todo lo que nos ha traído, nos está quitando y nos dejará este virus invisible.
En este instante podemos reflexionar en el valor de cada persona, o más bien a cada uno de nuestros fallecidos, en términos de su humanidad; esto lo podemos hacer admitiendo y reconociendo que las formas que tenemos del ser querido que ha muerto, son parte del autoconcepto que hemos construido sobre nosotros mismos; son parte de nuestra identidad. Nuestro yo se construye y se define en la interacción social con otras personas importantes (, y es por esto que los lazos íntimos son generalizados y complejos.
Les debemos a nuestros muertos reconstruirnos con unas nuevas raíces
Ahora es ineludible reconocer no solo la muerte de un miembro de la familia, sino de todas aquellas relaciones que dejamos de lado o que estigmatizamos como, por ejemplo, la pareja de una relación homosexual, extramarital o personas que mueren del VIH. Simplemente porque nos volvemos jueces de las vidas de otros, estos están solos, estigmatizados por esta brutal sociedad. Ahora ya entendemos lo que es estar solos. Ahora ya sentimos lo que ellos sienten. Tuvo que venir COVI19, para demostrarnos que no somos infalibles.
Ahora logramos conocer, reconocer y llorar en el confinamiento, y públicamente, a todos nuestros seres queridos sin ningún tipo de estigma.
Ahora los fundamentos y los cimientos sobre los que nos tendremos que sostener como individuos y como sociedad tendrán que ser otros. No sabemos muy bien cuáles, pero lo que sí está claro es que no podemos volver a los esquemas de funcionamiento que teníamos.
Cuando el otro muere, la naturaleza de lo individual se vuelve desconsoladamente obvia y el duelo se convierte en un fenómeno social. Esta es una deuda que tenemos para con todos los que se han ido. No será suficiente con seguir adelante, guardar silencio y murmurar una oración pidiendo que simplemente descansen en paz. Les debemos a todos nuestros muertos una reestructuración profunda como sociedad, tenemos una deuda con todas las personas mayores que viven confinadas en sus casas o en residencias. Ahora se están yendo, sin despedirlos, sin decir las últimas palabras. Que tristeza despedir de esta manera a quien hemos amado.
El ser humano no puede ser dejado solo. Necesitamos otras presencias. Precisamos los ruidos suaves de la noche.
Una de las grandes lecciones que nos deja este virus imperceptible es que tenemos que volver a reestructurar nuestros vínculos sociales y colectivos; desde la presencia real y cercana, desde la compasión, la humildad y el respeto.

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