La muerte no diferencia entre razas, nacionalidades, países, fronteras, lugares, contextos sociales y culturas; creencias o estratos sociales. Ha tenido que llegar un virus maldito, no se sabe muy bien de dónde ni por qué, a recordarnos a todos que por mucho que la esperanza de vida haya elevado ampliamente en los últimos años, gracias a los adelantos tecnológicos, y especialmente científicos, la muerte ha sido y continuará siendo un fenómeno esencial a nuestra condición como seres humanos vivos, frágiles, vulnerables y finitos; y es por esta misma situación que nos alcanzara a todos en cualquier momento de nuestra existencia.
Pero, a pesar de que es y seguirá siendo igual a la vida, morir, y fundamentalmente morir solo, simboliza un destino temeroso e indeseable, ya sea por parte del propio difunto o de los asistentes. Además, representa una cuestión ética y moral, ya que deja al descubierto las fallas que asumimos como sociedad en general,
Desgraciadamente surgió un virus que no esperábamos y no predecíamos. Un virus que imaginábamos como algo extraño y separado de nosotros. Un virus que solo se nos mostraba como algo real a través de las películas de ciencia ficción proyectadas en una pantalla de cine o televisión. Llegó un virus y creó un nuevo panorama de dolor y pérdidas humanas. Un virus que transfiguró la invención cinematográfica en una situación cercana e inmediata, de horas, días, semanas y meses. Ahora hemos transformado las películas y las pantallas de cine por datos estadísticos de enfermos, recuperados y fallecidos; datos manifestados y actualizados de forma permanente en nuestros televisores u ordenadores.
Ahora no solo podemos ver las imágenes de calles y ciudades solitarias, sino la tristeza que acompaña a los coches funerarios o los carros militares trasladando cadáveres. Ahora un virus nos ha vuelto a colocar en la inmediatez, pero de otra forma, ya no es la inmediatez de subir los índices económicos, o de luchar, triunfar o comprar; ahora la inmediatez se reduce a las dos grandes asuntos esenciales que nos configuran y estructuran a todos los seres humanos: la lucha entre la vida y la muerte.
Ahora muchos de los principios que hemos edificado cerca de los avances científicos se han agitado, hasta tal punto que la fe ciega en una medicina “todopoderosa” se han desgastado y nos han situado frente a un nuevo paisaje, pintado con el autocuidado “lávate las manos, no socialices con nadie” “ quédate en casa” , el aislamiento, el no contacto, la inmovilidad, el encierro, la incertidumbre y la angustia por todo lo que estamos viviendo y lo que está por venir, y que no sabemos muy bien qué es o cómo será.
Todo lo que estamos viviendo hoy son cuestiones que ni como individuos, y mucho menos como sociedad, sospechábamos que íbamos a tener que enfrentar; pero aquí estamos todos, luchando con un virus maldito. Aquí estamos día a día combatiendo entre la salud y el contagio. Aquí vivimos luchando con la vida y la muerte. Aquí existimos afrontando toda una gama de sensaciones y sentimientos como el miedo, la soledad, la vulnerabilidad y la finitud que sienten todas aquellas personas mayores negadas en sus casas o residencias.
Ahora incluso la persona más sociable del mundo está entendiendo finalmente que la soledad es cosa de todos y que puede llegar a afligirnos de manera palpable, puede lastimarnos incluso de una forma física.
Acostumbrábamos a pensar que las personas que mueren solas sobrellevan alta pobreza o viven en zonas rurales, y nada más apartado de la realidad. Son personas que viven en áreas urbanas atiborradas de gente con apenas lazos familiares o de amistad, y cuya separación en la vida diaria no se ha notado, o en el peor de los casos, son personas desamparadas completamente por sus familiares y por la sociedad en general.
Hago uso de las estadísticas. Por ejemplo, en el año 2017, en Japón murieron solas 4.777 personas, alrededor de un tercio fueron encontradas dos o tres días después de su muerte, mientras que el 10 % fueron descubiertas un mes después de su fallecimiento. En el año 2018, en Reino Unido la soledad se convirtió en un asunto de estado, debido a que 9 millones de personas viven solas, la mitad de ellos son mayores de 75 años. Para poder hacer frente a esta situación, el gobierno creó el Ministerio de la Soledad, que se encarga de costear al día ocho funerales de personas que necesitan de algún tipo de vínculo afectivo, es decir, las entierran sin amigos ni familia.
Podría seguir citando más países con sus respectivas estadísticas, pero no tiene mucho sentido, porque si bien anteriormente, todos estos datos eran importantes, pues reflejaban una realidad social que nos pasaba desapercibida, con el COVID-19 no es así. Las estadísticas nos están tocando a todos con los nombres y los rostros de un padre, una madre, un hermano, un amigo, un hijo, una esposa, un esposo, un vecino, un compañero de trabajo o un conocido; en última instancia nos estamos encontrando con el dolor y la pérdida de un ser humano que nos conmueve en su ausencia, porque mientras haya lazos de parentesco, de relaciones sociales íntimas de amor y amistad, habrá dolor y perdida. Este es el precio y el costo que pagamos por el amor y el compromiso, que hemos construido y adquirido los unos con los otros.
Una de las interrogaciones ante la cual nos coloca el virus con el que estamos luchando y desafiando cada día, y que como individuos y como sociedad ecuatoriana estamos obligados a plantearnos es: ¿cómo vamos a lidiar con el dolor que está dejando y dejará está pandemia?
Porque si bien es cierto e indiscutible que cobrará una gran recesión económica, altos niveles de desempleo y que habremos que afrontar y asumir una fuerte precariedad, material y económica, asimismo es cierto que habremos que lidiar con el dolor de la pérdida de nuestras personas queridas; con quienes no hemos tenido el tiempo y el espacio para poder compartir sus últimos deseos y pensamientos, para poder despedirnos y mucho menos para poder obsequiarles un último adiós con los rituales funerarios correspondientes y propios de cada cultura.
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